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“Al lote’s way”

Tenía expectativas. Por qué no decirlo, el impulso infantil de ver lo que siempre presencié a la distancia desde Nueva York, Madrid o Londres a través de la televisión, era un aliciente para ir al París Parade de este pasado domingo. Quería ver a Kitty, al señor Cara de Papa, a Popeye, la rana René…..en síntesis, vivr el espíritu de lo que es un evento por definición: una acción que lo que pretende es hacer vivir al participante una experiencia que resulte inolvidable. Al menos eso se supone. Pero para que comprendan, les voy a contar lo que fue mi experiencia.

Tras su buen rato de tortura en el metro, que parecía haber cambiado su hora punta de un lunes a las 8 de la mañana a un domingo a las 5 de la tarde, me bajé en el metro Universidad Católica, empujando a diestra y siniestra, con cero asco. Ya en la superficie entré a cuestionarme seriamente si había sido una buena idea ir: sabía que habría una buena cantidad de personas, pero lo que veía era mucho. Seré escatológica: un mar de gente acompañada de gran cantidad de gritos de humanos de menos de un metro y veinte centímetros de estatura. Era como si hubieran vomitado personas sin control en el centro de Santiago. Después supe que mi apreciación no estaba tan equivocada. Carabineros calculó que fácilmente habían entre seiscientas y setecientas mil personas en entre el metro Baquedano y el metro Moneda. Eso es casi el 10% de la población de Santiago en dos kilómetros.

Como pudimos (en compañía de mi amada mamá), llegamos a la escala del Centro de Extensión UC. Con mucha suerte, al llegar encontramos asiento ahí y nos quedamos. Y algo nos llamó la atención. Demasiada gente caminando por las dos calzadas de la Alameda. El control era poco. De hecho, no se veían muchos carabineros.

45 minutos más tarde comenzó el desfile. Estrellas inflables con el logo de París comienzan a transitar por el sector y se escucha la música de una banda. De pronto llega el protagonista de estas fechas en un globo gigante: el Viejito Pascuero, luego siguió Popeye, (que en la anécdota simpática de la tarde  se fue de lado, golpeando un poste de alumbrado público, provocando la risa del respetable), la inigualable Kitty con su traje rosado y su pinche de flor, Elmo, el monito rojo de Plaza Sésamo, y la rana René de los Muppets con ese verde inconfundible que hace que se identifique a distancia. Vamos a tomar fotos se ha dicho, pero OH!!! si estaba en la zona sur de la Alameda a esa hora, tenía el sol en contra! Ergo, a hacer todas las piruetas posibles para evitar el contraluz y que las fotos resultaran decentes. Me pregunté en ese minuto quién habría sido el Einstein que se ocurrió hacer el desfile de poniente a oriente, considerando que a esa hora el sol ya está a 3/4 de camino de ponerse.

Pero mientras yo seguía con mis ganas de golpear a “mister Einstein”, algo pasaba. De hecho varias comparsas que acompañaban al desfile desde mi posición, que era en altura, no se veían! Las bandas tampoco eran muy visibles y el sonido se perdía.  Además, el desfile no era todo lo fluido que se suponía debía ser. Sorpresa: algunos seres humanos de dudosa capacidad de raciocinio o sentido común, comenzaron a avanzar hacia el centro por la calzada norte de la Alameda… que era la misma vía que se usaba para el paso de las comparsas y los monos inflables pero en sentido inverso!!! Resultado: El desfile detenido largo rato hasta que el público simplemente se hartó y comenzó a reclamar gritando a los “astutos” que se fueran de ahí.

Y hasta ahí llegó el desfile. Porque siguiendo con la estupidez humana, muchos comenzaron a tomar a sus niños para que tocaran los globos de los personajes, mientras que a distancia, a la altura de la calle Namur, se veía a los primeros muñecos del desfile desinflándose. Detrás de ello, las balizas de Carabineros aparecían encendidas. Olía a peligro inminente. Y se concretó: los unineuronales de siempre comenzaron a romper los globos de los muñecos. En buen chileno, los tajearon. Sí, los rompieron. ¿Objetivo? Desconocido, y de cualquier manera, absolutamente imcomprensible y repudiable. Las víctimas: Viejito Pascuero, Popeye y Bob Esponja.

Independiente de este acto cavernario y soberanamente imbécil, que con su “curiosa forma de divertirse”, cortaron la alegría de la tarde de miles de personas, resulta inconcebible hacer un espectáculo de estas dimensiones en la calle más importante de Chile y no considerar ciertos aspectos fundamentales en cualquier evento.  Vamos por parte: La seguridad del desfile era escasa y no me refiero sólo a la presencia de Carabineros. Guardias privados de apoyo no vi por ninguna parte, y de veras se habrían agradecido, considerando la inmensa cantidad de niños que había. Que decir de los perímetros. Las vallas papales resultaron insuficientes por la cantidad de público y simplemente no sirvieron de nada, ya que se sobrepasaron rápidamente por los asistentes. Pero tal vez lo que más sorprende es  el que no se haya utilizado el mismo sistema de cerco de la calle que se aplicó para el paso de “La Pequeña Gigante” en enero último. Recordemos que la Alameda quedó cortada completamente y era imposible acercarse a la marioneta.  Pero aquí cualquiera podía llegar al lado del globo y tocarlo. O romperlo.

Seré honesta. Me sorprende y me descoloca que una empresa tan grande como Cencosud no haya considerado  estas variables al diseñar este evento. Este festival de problemas no fue producto de falta de recursos, claramente. Esto se llama improvisación, falta de previsión y logística, escasez de inteligencia y precipitación. Lo que se conoce en términos simples como “hecho al lote”.

Para quien organiza un evento, representa la oportunidad de hacer vivir un momento único a quienes asisten a él. Los que fuimos al París Parade lo vivimos, pero dudo que lo queramos repetir. Al menos como fue esta vez.